En las regiones montañosas de Norte América donde los
árboles y las plantas nos brindan un festival gratuito, nos despertamos en la
mañana con un desayuno típico de la región; dos huevos, salchichas, tocino,
papas fritas y fréjoles con miel de maple. Había uno que otro al que le quedaba
espacio para unas tostadas con caramel, mermelada
de mortiño, mantequilla de maní o simplemente mantequilla. Ah y el infaltable
café, servido antes de nada y más de una vez.


El día soleado nos permite apreciar un paisaje lleno de
vida. El azul del cielo combinado con toda la gama de verdes, rojos y amarillos;
pude ver también blancos y morados. Un espectáculo. Es otoño pero, hay unos
días calientes - le llaman el “Verano del Indio”- y toda la magia de los
colores pudo estar acompañada con un paseo al lago en bote de pedal, no podíamos
dejar de saltar al agua, por última vez en el año, frío pero delicioso. Nada como
bañarse en los lagos.


Estaba cerca de anochecer, fuimos a una construcción
abandonada en una de las montañas más altas de la región, las personas mayores
contaban que ahí habitaban militares aviadores en tiempos de guerra y que
después construyeron un castillo medieval como atractivo turístico pero, no tuvo éxito,
ahora es un lugar destruido con muchas expresiones de arte urbano. En fin, aquí
el festival llegó a su máximo esplendor, una exposición de colores hasta donde
nos alcanzaba la vista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario